06 marzo 2007

SITUACIONES ABSURDAS (TOMA DOS) LOS CINCO EN LONDRES

Las diez de la noche. Aterrizamos en Londres, capital de los Hijos de la Gran Bretaña. Nadie ha venido a nuestro encuentro. De todos modos, eso ya lo sabíamos. D. nos advirtió de que ella no podría ir a buscarnos, tenía clase. Así que allí estábamos como cinco panolis, con nada más que un número de teléfono garabateado en un papelucho, sin conocer la dirección de nuestra amiga. Y claro, nos dispusimos a hacer uso del papelucho. Primer problema: el número estaba apuntado para llamar desde España, ¿cómo se llama desde el mismo Londres? Eso significaba simplemente cuántos números había que quitar del principio para que nos quedara el número que necesitábamos. Con esta idea, nos pusimos manos a la obra, es decir, nos pusimos a preguntar a todo el que pasaba (con cara amistosa, cosa no muy fácil por aquellas tierras), y en nuestro inglés puramente mañico cómo se llamaba por teléfono en Londres. Las caras de los flemáticos ingleses e inglesas ante nuestra pregunta, a esas horas de la noche, no tenían desperdicio. Iban desde el estupor al cabreo, pasando por todos los estados de ánimo de quien ha sido molestado por una panda de hispanos estúpidos.

Finalmente, un bondadoso ciudadano nos dio la solución, y continuamos con nuestra tarea: localizar a D. Una tarea simple, a primera vista. Pero imposible de realizar en la práctica. Cada vez que marcábamos el número de teléfono una voz de chica al otro lado contestaba en inglés y colgaba acto seguido, sin escuchar una sola palabra nuestra. Probamos suerte los cinco, y los cinco obtuvimos el mismo resultado. Aquella parecía la voz de P., la amiga de D., así que el número debía ser el correcto, pero entonces, ¿por qué nos colgaba? Al final terminó por no descolgar, claro, así se ahorraba tener que colgar.

El mosqueo que podíamos haber pillado se transformó en una jarana increíble, literalmente nos estábamos tronchando de la risa, pensando en nuestra situación: estábamos en Londres, una ciudad pequeñaja y que se recorre en cinco minutos, nuestra amiga estaba en alguna casa de esa ciudad, y no teníamos la más remota idea de cómo llegar hasta ella.

Al final se impuso la lógica: a alguien le sonaba la estación de metro más cercana a donde supuestamente vivía D., y allá que nos fuimos alegremente. Al llegar a la salida, casi en la calle, nuestros amigos (compañeros de viaje, más bien, porque no nos conocíamos demasiado), se lanzaron hacia una chica morena como si de ella dependiera la salvación del mundo. M.. Yo pensé que la enviaba D., y no le dí mayor importancia, pero aquello era para dársela, y mucha: ella simplemente pasaba por allí. ¡Increíble! Habíamos encontrado en una ciudad tan pequeñita como esa a la persona que nos podía decir dónde estaba la casa de D., incluso nos llevó ella misma. Para que luego digan que los milagros no existen.

Fin de la primera parte, habíamos llegado a nuestro destino.

Ahora era el turno de la segunda parte, la absurda cena.

Una idea aproximada de la situación: cinco personas llegan a las once y media de la noche a una casa de Londres en la que conviven, mal que bien, dos españolas, un galés y un mexicano. ( Esto se parece al comienzo de un chiste...)

El galés directamente dice que a él le importa una mierda dónde pasen la noche esas cinco personas, el mexicano ni aparece, y las españolas se dedican a hablar medio en inglés medio en español, que si aquí no cabeis todos, que si habrá que buscar algo... podría haber sido una situación de lo más bochornosa, de no ser por el hambre que traíamos.

Llevábamos un montón de horas sin comer nada, y nos importaba poco dónde nos ubicaran estos extraños huéspedes, así que nos afincamos con toda tranquilidad en la mesa de la cocina, sacamos nuestras escasas provisiones, y nos pusimos a comer voraces, ante las atónitas miradas de los inquilinos, que se quedaron de pie.

Tuvo que llegar un amigo español, rapero, estrafalario y amable, para que nos buscara acomodo. Las chicas estaba decidido que nos quedaríamos en la casa, y los chicos... para ellos comenzó la odisea de la conquista del catre. Se marcharon con este simpático rapero a eso de las doce de la noche, que equivale a decir las tres de la madrugada en España, y al día siguiente nos contaron su aventura.

Como por aquel entonces no éramos los potentados que somos ahora, ni teníamos estas haciendas y estos posibles (¿) los pobres chicos buscaron lo más barato que hubiera en la ciudad, y esto, ya se sabe, tiene sus riesgos. Llegaron a un lugar que era en el piso bajo un pub de mala muerte, y subiendo unas escaleras, una enorme habitación comunitaria, con montones de camastros a ambos lados. Había gente durmiendo, pero eso no impidió que el dueño de aquel extraño híbrido encendiera la luz y empezara a comprobar en cuál de aquellos camastros no había bulto. 5 libras, ese era el precio de la noche en ese palacio. Claro, por ese precio, no se podía pedir una habitación en el Ritz.

Los amigos estaban acostumbrados a viajar y a ver cosas raras, pero aquello les superó. Dijeron que no como pudieron, y se fueron como alma que lleva el diablo. Más tarde supimos que a sitios como ese van personas con muy muy pocos posibles, casi todos ellos gente que acaba se salir de prisión.

Al final encontraron acomodo en una especie de residencia, no precisamente de estudiantes, que hoy ya no existe, muy barata, lo que da una idea de la exquisitez de las habitaciones, poblada por seres de lo más peculiar, pero al menos, no tan aterradora como el pub-exprisioneros-camp.

Y este fue el comienzo de uno de los viajes más divertidos de mi vida, que dio pie a otras situaciones igualmente absurdas, que quizá cuente en otra ocasión. FIN

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