10 enero 2007

LA DICTADURA DE LA DIVERSIÓN III. LAS FIESTAS DEL DICTADOR

Al igual que el de Jesucristo, el reino de los dictadores de la diversión no es de este mundo. Su reino es la noche. Para ser más exactos, el sábado por la noche.

Las dictadoras de la diversión únicamente pueden sentirse bien en ese espacio de tiempo. Tan vacía, triste y sin sentido resulta su vida. Cual Cenicienta del Todo a Cien, su reino se desvanece los domingos por la mañana. Pero he aquí que en su genialidad las dictadoras encuentran la manera de rellenar convincentemente los 6 días y 18 horas restantes. Se trata de convertir esos días y horas en antesala del siguiente sábado. ¿Cómo? se preguntarán la mayoría de los mortales. Muy sencillo: comenzando a planificar la siguiente noche del sábado desde el mismo domingo. Ello conlleva una segunda ventaja: no se deja margen de maniobra a la Resistencia. Lo que la junta dictatorial decide el domingo (y a veces el mismo sábado por la noche) se comunica a los cortesanos el lunes por la mañana bien temprano, a modo de edicto real y vía e-mail. Sutil, pero firmemente, se anuncia. Ni se consulta ni se negocia, se impone: “Para este sábado hemos pensado hacer una cena sólo para chicas. Fulanita, Menganita y Zutanita ya se han apuntado”. Lo que quiere decir, de forma poco velada, que si no mueres al palo del plan propuesto por la junta dictatorial, tienes muchos números para quedarte sin plan ese día (y eso, en la mente de un dictador de la diversión, es un desastre absoluto y demoledor).

Así, transcurre la semana esperando que llegue el sábado. Y cuando ese día llega, todo ha de salir a pedir de boca o los pobres cortesanos sufrirán las iras del dictador. Esa noche, los cortesanos han de divertirse con su señor. Es su obligación.

En sus dominios, el dictador disfruta moviéndose entre ingentes cantidades de cortesanos y aduladores. Gustará de tener 2, 3 o más grupitos de satélites girando a su alrededor y siendo el único nexo de unión entre ellos. Eso le hace sentirse más importante, desde luego mucho más que los pobres cortesanos sin consorte o que esos aburridos repudiados que no saben divertirse. El dictador saltará de uno a otro grupo fingiendo que reparte su atención por igual entre todos ellos. En un alarde de consideración hacia sus súbditos y cortesanas quizás tratará de que todos se presenten. Esto motivará la típica situación “Recepción del Embajador”: un desfile de besos, apretones de manos y nombres por doquier para acabar reconociendo que, tras diez minutos de presentaciones, no hemos sido capaces de recordar más que dos nombres y ni siquiera podemos ponerles cara.

El garito es su reino y allí, el dictador adquiere todo su poder. Ha trabajado toda la semana para llegar al momento y el lugar en que su vida adquiere sentido: sábado por la noche en un garito de copas y rodeado de gente. Es el momento de diversión supremo que justifica con creces la dictadura de la diversión.

1 comentarios:

A las 12:00 p. m. , Blogger Catalina Pueyo ha dicho...

muy bueno

 

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