23 noviembre 2006

LA DICTADURA DE LA DIVERSIÓN

Dejad que os cuente una historia.

En todos los grupos de amigos hay alguien que se cree el alma de la fiesta. Alguien que piensa que si él/ella no estuviera, los demás se aburrirían como ostras. Él/ella/ellos es el motivo por el que los demás viven. Todo esto resulta molesto pero no trasciende a mayores si esta persona no da un "coup d'etat". Si, por omisión de los demás y con la connivencia de unos pocos, esta persona toma el mando, los demás se pueden dar por jodidos. Se acabó la tranquilidad en el frente. Casi siempre la toma del poder se reviste del carácter de los "salvapatrias": "todo iba muy mal", "no sabemos divertirnos", "el aburrimiento se había apoderado de este nuestro grupo", lo que quiere decir que él/ella estaba mal, que se aburría y que no sentía que ese fuera su grupo, sencillamente porque no se hacía lo que él/ella quería. La justificación es muy sencilla. También Franco se sublevó para "salvar la República".

La nueva situación implica introducir cambios, o sea introducir gente. "Hay que renovar todo esto, que estaba muy muerto", argumenta el nuevo dictador. Incluso habrá algún veterano que opine "Muy buena idea. Seguro que estos cambios nos reportan amplios beneficios". La entrada de reemplazos (en otra ocasión hablaré de ellos) no trata de beneficiar al grupo, sólo al dictador. Los reemplazos ya no entran en una democracia. Entran en un sistema dominado por una persona, así que no hay miedo a que se llamen a engaño: "aquí mando yo". Lo que se obtiene dando paso a una ingente masa de reemplazos es desunir y descohesionar al grupo. Cuanta más gente nueva haya, menos peso tendrán los veteranos dentro del grupo.

Lo peor, y más doloroso, es cuando la junta dictatorial decide que hay veteranos que sobran en el grupo. Eso si no hay ya unos cuantos que, hastiados del "despotismo ilustrado" de la minoría, se han marchado ya al exilio. A los repudiados se les hace sentir que su presencia ya no es bien recibida. A las voces críticas se las acalla: "¿Es que quieres acabar solo/a como estos pobres diablos?" o "Estos que se han ido lo han hecho porque son unos muermos. No saben divertirse". Así, un día miras a tu alrededor y descubres que algunos de tus camaradas ya no están. Nadie sabe cómo ni cuándo se fueron, pero ya no están aquí. La dictadura de la diversión lo justifica todo.
Durante este periodo, el papel de los veteranos que se han quedado se rebaja hasta límites vergonzantes: han pasado a ser meros cortesanos, pues es bien sabido que los dictadores necesitan de una larga caterva de aduladores que les hagan sentir que son grandes e importantes.

Si los repudiados así lo quieren, podrán volver al grupo, pero reconociendo que han sido malos, que no saben divertirse, que han estado a punto de arruinar a este nuestro grupo y que si se les permite volver es sólo por la graciosa benevolencia de la junta dictatorial

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