04 julio 2006

Un precedente para el ex ministro Trillo

Quien tenga un poquito de memoria recordará la bochornosa, e injusta, situación que vivió el ex ministro Federico Trillo cuando a la hora de arengar a unos soldados de El Salvador que se dirigían a las inhóspitas arenas de Iraq, concluyó su bélico alegato con un sonoro "¡Viva Honduras!" ante la atónita mirada de los sorprendidos infantes salvadoreños, quienes respondieron algún solitario y poco convencido "¡Viva!".
Algo parecido me sucedió hace ya muchos años, y por lo tanto, mucho antes que al ministro Trillo. Cuando yo era joven (más joven que ahora, claro) solía hacer mucho deporte, y lo hacía en un extraño lugar llamado "El Matadero". A pesar de tan tétrico nombre, El Matadero no era sino una cancha de baloncesto con sus dos canastas, una de las cuales invariablemente y de forma alternativa, estaba rota. En aquella época en que los únicos negros que se veían por aquí era en la tele y enfundados en camisetas de los New York Knicks, San Antonio Spurs y similares; y cuando los ecuatorianos, peruanos, colombianos y demás hermanos no nos habían devuelto aún la colonización, El Matadero ya era un crisol de razas que acogía con amor a gentes de todos los continentes con la única condición de que les apeteciera lanzar un pelotón a un aro situado en lo alto.
Una mañana de verano, mi amigo Jóse (sic) llegó a su habitual cita en El Matadero con un joven que no habíamos visto nunca y que al presentarse se identificó orgullosamente como originario de un país centroamericano. Comprobé extrañado que, a pesar de provenir de una zona con poca tradición baloncestística, se desenvolvía con soltura por la cancha y evolucionaba con gracia y donaire en ese difícil juego. Por ello, quise felicitarle entonando un sonoro "¡Viva Guatemala!... ¡Colombia!... "El Salvador!". Mis vítores se sucedían con tanta rapidez como escaso éxito, ante la indiferencia del joven balonero. Finalmente, cansado de proferir estériles vítores opté por preguntarle directamente "¿De dónde eras?".

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